Santa Cruz de la Sierra

Santa Cruz de la Sierra

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La cadencia infinita de un reloj parado

El tiempo es caprichoso y un poco esquizofrénico. Cuando lo pasamos bien, galopa desbocado, y se atascan los segundos cuando nos aburrimos o echamos de menos. Mis cuatro meses en Bolivia terminan en dos semanas y siento un regusto agridulce, pues no sé si es que todo ha pasado muy rápido o que llevo una eternidad en este mundo paralelo.  Así de loco está el tiempo, como el clima, y es que en Bolivia las cosas resultan un poco a la tremenda y llevan su ritmo propio.

En Santa Cruz no hay clima amable: de los coletazos del sur imprevisible que te sacude las ventanas y te entra el frío hasta en los huesos; pasamos al agosto ventoso, donde capaz sales volando o se te cae el techo encima o se te rompen los cristales, y las calles se llenan de tierra que entra a bocanadas por los ojos; de ahí llega septiembre, antesala del calor del verano, 35º C con una humedad que va aumentando día a día y que te hace sudar el alma en el gimnasio. No hay día de tregua en esta guerra climática contra las personas de a pie que van todos los días al trabajo, y sin avisar, el tórrido verano puede cambiar a medio día a tornado, lluvia o frío invernal.

Sucre
El clima siempre moldea el carácter del pueblo, y quizá por eso, aquí la gente tiene su propia cadencia. No hay prisa en Santa Cruz, pero el tráfico es voraz. La gente pasea calmada por las calles, pero los autos muerden buscando una brizna de aire en la velocidad. Las reuniones empiezan por defecto 30 minutos (con suerte) más tarde de lo que se programaron, y nadie pide disculpas por hacer esperar (tú tienes la culpa de llegar demasiado pronto). La Dirección General de Migración te promete tener tú visado en 72 horas, y cuando llegas a las 72+24h (por si acaso) te dicen que estará esa tarde, o quizá mañana. Y ya el colmo es la Empresa de Correos de Bolivia (ECOBOL), epíteto del funcionamiento de la burocracia en el país, y de lo escacharrado que tienen aquí el sentido de las horas y los días: A parte de mi advertencia de no os atreváis mandar una carta a/de Bolivia pues hay muchas posibilidades de que jamás llegue a su destino; cuando llega, llega dos meses más tarde de lo previsto; y es que hay un limbo de espacio-tiempo donde las cartas que vienen de España al entrar en Bolivia les ponen el sello de entrada, y después se pierden hasta que un mes después alguien la encuentra y la hace llegar a tu casa. Concretamente, una postal que me quisieron hacer llegar por mi cumpleaños (que es el 31 de agosto), fue mandada desde Madrid el día 11 de agosto, y me llegó a mis manos ayer por la noche (27 de septiembre), pero lo curioso es que la fecha de entrada a Bolivia es del 17 de agosto. Es decir que desde el 17 de agosto al 27 de septiembre mi carta fue víctima de la incompetencia del sistema o de un@ funcionari@ con demasiado calor o frío en el cuerpo para trabajar.


Pasito a pasito me bebo los días, echo de menos el frío del sur y una playa para esta humedad. Se me desbocan los latidos cuando pienso en mi casa, tan lejos y tan cerca. No quiero decir adiós, y no sé qué hacer con el reloj de arena que se escurre entre mis manos: quiero que fluya como agua brava y que llegue el día; quiero retenerla toda con mis manos, romper el cristal y detener las horas; quiero que no exista el reloj, ni el antes ni el mañana, ni tomar decisiones. En definitiva, ya que parece que se acaba, quiero un poquito de esta tranquilidad boliviana para sobrevivir el ritmo cardíaco de la ciudad europea.  

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