Santa Cruz de la Sierra

Santa Cruz de la Sierra

lunes, 27 de junio de 2016

Kencha Rancho

Radio Ichilo
Llegar al Pueblo Maldito cuesta 23bs (2.5€) en un viaje de dos horas y media en trufi (taxi compartido), y caminar unas diez o quince cuadras desde el centro del municipio de Yapacaní, en la frontera de Santa Cruz con Cochabamba. Antes de comenzar la aventura, nos reunimos en Radio Ichilo para entrevistarnos con actores relevantes en temática de violencia sexual comercial y trata de personas, y enfrentarme a una entrevista radiofónica sobre mi cometido en el país.




Kencha Rancho es una palabra quechua para designar un barrio de perdición donde la maldición ha llegado, nos explica nuestro informante mientras nos escolta hasta el lugar, un lugar sin espacio para esperanzas ni sueños, donde la inocencia se vende con cada trago. Las cholitas, chicas jóvenes de los pueblos del interior, muchas víctimas menores de la indolencia de las autoridades, venden alcohol y sus cuerpos a desconocidos, desaparecidas en estas dos calles de un pueblo perdido de la geografía boliviana. Viven y ejercen en los locales o lenocinios también conocidos como "farolitos rojos", que prometen más de lo que ofrecen: apenas cuatro paredes y un techado, vacíos y embarrados, con nombres irreverentes como "Curvas y Espumas", y ellas tapadas con una pollera demasiado corta y ajustada, una grotesca referencia a su origen exótico de chica indígena.

Kencha Rancho


Es lunes a medio día y el lugar parece desierto. La mayoría de cholitas duermen preparándose para la noche. Aún así, un par de tipos jóvenes se pasean en moto llamando a las puertas a ver si les sirven un trago frío y caliente compañía. Según paseamos (dos hombres y dos mujeres) sentimos el peso de las miradas hostiles en la nuca; acá no son bienvenidos los turistas y menos con la distracción de otras mujeres. A unos pasos de los locales hay un arroyo empantanado, mucho bosque y pastizal. Es aquí en el "chumi" (pastizales) donde las cholitas que consiguen escapar al ojo avizor del dueño por unos minutos, se llevan a los clientes a tener sexo y ganar más dinero (ya que no deducen del servicio el alquiler del cuarto), exponiendo sus frágiles cuerpos a la violencia ajena de cualquier desconocido, nos contaba nuestro amigo señalando el lugar donde encontraron a una chica desnuda y sin vida.


Yo quisiera correr cuando giramos la última esquina y volvemos sobre nuestros pasos hacia el centro de Yapacaní. Tengo una náusea que me quita las palabras y el frío me atenaza los músculos. De repente sólo quiero volver a casa, casi en solidaridad con esas chicas entrevistas tras las puertas, amarradas al barrio por deudas contraídas y falsas promesas. Yo puedo volver a casa, pero ellas no. Ellas son (en muchos casos) menores de edad engañadas y explotadas, esclavas, víctimas de la trata y sobrevivientes de la rutina, abandonadas por el Estado, buscadas por sus familias, desaparecidas, hijas y hermanas. El barrio se van quedando atrás a cada paso, y con él su maldición. Uno de los mercados de Yapacaní nos acoge con su bullicio y colorido, espantándonos el miedo y llenándonos con su comida y aroma ese pedazo de alma que Kencha Rancho te quita.

Mercado

sábado, 25 de junio de 2016

Presentaciones

Querid@ amig@:

Que descortés por mi parte haberme puesto a disertar entradas sin dar alguna pista de quién soy y por qué escribo sobre la desconocida Bolivia.
"Desconocida" al menos para los españoles. Pocos saben allá por el país europeo que la capital no es la ciudad que domina en las alturas (La Paz) sino Sucre, que por historia se lo ha ganado a pulso.En general, muchas y muchos vemos América Latina como el destino exótico donde, aparte de no tener que usar nuestro inglés cateto, podemos descubrir el Nuevo Mundo y perdernos por la inmesurable Argentina, el carnaval brasilero, las ruinas de Machu Pichu o las islas chilenas. Pero Bolivia, ahí en todo el medio, pasa desapercibida. Ni si quiera, la reconocida marca Lonely Planet se atreve a sacar guías turísticas del país en idioma español. Aún es pronto para que yo hable, pero por lo poco que he leído y me han contado, me parece estúpido ignorar la brutal riqueza natural que convierte a Bolivia en uno de los ochos países con más biodiversidad del Planeta, en una extensión que va desde la Amazonía a los Andes. La presencia de Uyuni, uno de los salares más grandes del mundo y un lienzo en blanco donde perderse haciendo fotografías, bastaría como excusa para darse una vuelta, pero además tenemos el lago Titikaka como frontera natural con Perú, La Paz que a sus 3.600 m de altitud quita el aliento, la multiculturalidad de sus pueblos originarios, la comida de Cochabamba y los vinos de Tarija, el carnaval de Oruro, etc. No hay espacio para aburrirse en este polifacético país.

selfie
Y ¿por qué estoy yo aquí? Madrileña de nacimiento, trabajadora social de profesión, feminista, cooperante, viajera y soñadora, escritora frustrada... Todo esto y mucho más es lo que soy, y con motivo de un máster que estudio he acabado de pasante por cuatro meses en Santa Cruz de la Sierra, investigando temas serios para la Agencia de Cooperación Española. Así y todo, mi trabajo me permite entrar en contacto con muchos sectores de la población civil, así que ya iré contando cómo son las cosas por estos lugares, sobre todo para aquellas personas con las que me gustaría hablar cada día para contarles todo lo que he aprendido, conocido, visto, comido, tocado y olido, y todos los sentidos que puedan existir para describir el asombro constante de estar en un país diferente. Este relato de viajes, o diario, o lo que acabe siendo, no es más que la necesidad de comunicarme con las y los que se quedaron lejos y por culpa de la diferencia horaria y las obligaciones no puedo hacer Skype cada vez que me gustaría. Os quiero y os echo de menos.

Y el otro motivo también es obligarme a escribir y recordar esta nueva experiencia para que aunque pasen los años no caiga en el olvido, y de paso hacer un poco de justicia al país del que hace unos siglos robamos todo el oro y la plata del Potosí, sangrando sus minas en tiempos del "descubrimiento" y expropiando las riquezas hacia una Europa avara y cruel que se lucraba de la inocencia e indefensión de aquellos que vivían tan felices sin nadie que les señalara y descubriera su escondite.

Por vosotrxs y por ellxs!
SUR



domingo, 19 de junio de 2016

El alma de la ciudad

"Santa Cruz tiene sólo dos estaciones", cuenta doña Carmen, "el verano y la del tren". Este inocente chascarrillo asusta más que te hace reír porque rozando los 30 grados en invierno, parece ser que esto no es más que los coletazos del "surazo" (viento frío proveniente del Pacífico) que vino la semana pasada, y que el calor calor aún no me lo puedo ni imaginar.

A parte de eso, cómo describir la ciudad sin mencionar que es sucia, muy sucia. En las calles del centro hay mucho tráfico, los coches son viejos y destartalados, los "micros" pasan cada segundo y los taxis tocan sus bocinas en una nube tóxica de auto viejo y contaminante. Las aceras son propiedad privada por lo que a trocitos encuentras suelos embaldosados y barridos, y dos pasos más adelante una bolsa de basura de hace dos meses y boquetes donde dejarse los pies. Los hombres (nótese el masculino) hacen sus necesidades en la calle, en plena acera, a la luz del día, con personas andando a su lado. La suciedad se entremezcla con la asfixia de vivir en una cajita de zapatos donde todas las calles están planificadas, rectilíneas, paralelas perfectas, con edificios iguales y calles kilométricas que crecen de cuadra en cuadra, exprimidas en el primer anillo, limbo a partir del cual no puedo opinar porque mi vida se centra en este recoveco circular. La ausencia de semáforos (los pocos que hay no se respetan) y de pasos de peatones hace que cruzar las calles en un tráfico constante sea cuestión de salvajes: al mínimo hueco hay que lanzarse kamikaze hacia la otra acera, mejor sin mirar al microbus que está acelerando hacia ti; o intentar adivinar el rumbo de los vehículos a tu alrededor para aprovechar ese lenguaje no verbal que fluye entre los cruceños al volante para cederse el paso en orden incierto.

Pero ya está bien de tanta negatividad. Es cierto que la primera impresión fue de "¡Dios mío! ¿Qué hago aquí?". Las calles me dieron inseguridad, la suciedad se me metía por las fosas nasales, la ducha sólo vertía agua helada, la humedad de la pared me amenazaba por las noches, y la búsqueda de piso me desesperaba con sus precios europeos. Pero si miramos el vaso medio lleno, no he tenido un momento para estar sola. De repente me ví rodeada de personas que se ponía en marcha para buscarme alojamiento: me presentaban amigas con espacio en sus casas, me acompañaban a ver pisos, me recomendaban zonas y preguntaban a sus conocidos. En este ir y venir por la ciudad, descubrí el calor de la Plaza Principal. En pleno corazón de Santa Cruz, la plaza es los pulmones y el alma; un oasis verde y libre de tráfico; siempre animada; amplia y sagrada, donde cruceños y turistas de cualquier condición se reúnen a todas horas, bajo la sombra de la catedral.



Así, poco a poco, he ido encontrando rincones de paz donde escapar del bullicio de tanta novedad; ya sea la plaza, que me recuerda a las tardes de sol, terraza y cervezas en España, o la planta 12 de mi nuevo hogar, desde donde domino la ciudad en la distancia. Casi sin darme cuenta voy construyendo mis espacios y abriendo hueco en los llanos de Bolivia.


Primeras impresiones

"Viajero que llegas hasta nuestro lado
Párate un momento, no pases de largo
Entra con franqueza que un placer nos das
Es ley del cruceño la hospitalidad"
                                                        Romulo Gomez

Vuelo directo desde Madrid. Doce horas de avión y Santa Cruz de la Sierra te recibe de noche. Son las 4:00 am y el tiempo refresca. En apenas veinte minutos mi chófer y yo estamos a las puertas del hostal donde comienza la aventura.
Para cuando consigo una habitación y me duermo un rato corto, intentando atajar el inminente Jet Lag, he comprendido que la amabilidad cruceña de la que tanto se habla es muy cierta, tanto cómo mal cuidada está la ciudad.

No me gusta ser negativa en mis viajes. El mantra del viajero debería ser andar libre de prejuicios, acostumbrarse rápido al ritmo del lugar, aclimatarse cual nativo... Pero a estas horas, después de un viaje tan largo, con una habitación impregnada de humedad y una ducha que no funciona, con tantas expectativas y miedos acumulados, a miles de kilómetros de mi zona de confort, sólo extraño mi cama y una voz conocida que me diga que todo irá bien.

Mañana vendrán los retos: encontrar piso, presentarme en la oficina, conocer a mis nuevos compañeros, aprenderme la ciudad. Es decir, empezar a integrarme, despacio pero sin pausa, en este nuevo ecosistema en el que he aterrizado.