Santa Cruz de la Sierra

Santa Cruz de la Sierra

martes, 23 de agosto de 2016

Días de Sur

El ecuador de mi estancia en Bolivia ya ha quedado atrás, y cuesta creer cómo se escapa el tiempo. Llevo un par de semanas relajada, como si por fin me hubiera adaptado a despertar en este hogar de prestado: hoy ha sido la alarma y no la claridad del día que se cuela por las ventanas sin persianas la que me ha arrancado del sueño perfecto, mi estómago aguanta sin protestar la comida más variopinta de restaurantes a mercados callejeros, moverme en micro por Santa Cruz casi puedo compararlo al maravilloso Metro de Madrid, el almuerzo sin un jugo de fruta no es almuerzo para mí (ni sin arroz, sopa o carne XD), las destartaladas calles ya no son tan amenazantes de noche, y cruzar la calle ahora es parte salvaje de mi instinto que desafía el tráfico impertinente de esta jungla.

Y morir aplastada por un trozo de tejado...
Comienza la cuenta atrás, y si no fuera por el calor supurante y pegajoso que se nos viene encima, haría lo que fuera para quedarme más tiempo. Sí, le tengo miedo al calor y al sudor eterno, y a las facturas de electricidad que llegarán a mi casa por el uso del aire acondicionado. Pero en días como hoy, días de "sur", parece hasta que el viento es amable y que la humedad es un mito. Sales de casa con tu chamarra puesta y buscas los rayos de sol por las aceras resquebrajadas olvidando que ayer se te derretía el alma por la espalda, y que casi te aplasta un trozo de tejado desprendido por el viento infernal. Pero esas cosas son lo de menos: ni la arena en los ojos, ni las calles sucias, ni las aceras rotas, ni la amenaza de que se desmorone sobre ti un edificio, pueden con la promesa de aventura de esta tierra. Hay mucho mal en este lugar, mucha violencia e impunidad, poco civismo y empatía, sobra sexismo y acoso callejero; pero la balanza se inclina hacia los colores vivos, la historia exuberante, la naturaleza arrolladora, los contrastes de su gente y de sus pueblos, su Altiplano y sus valles, su selva amazónica, su salar y su lago, su cultura y su sabor. Hasta en la fea ciudad he construido mis rinconcitos propios: las calles por las que caminar, los bancos de la plaza central, determinados cafés y pensiones para almorzar, boliches donde sentirme en familia, la galería de arte NUBE, la plaza de artesanías detrás de la catedral, el jardín del trabajo, las vistas desde mi piscina en el piso 12, la biblioteca... Y si me entra la nostalgia de Europa, sólo tengo que ir al Ventura Mall, mi último descubrimiento: un elefante en una cacharrería, un centro comercial típico del viejo continente emplazado en la absurda Santa Cruz.

Y así van pasando los días rodeada de arte, música, viajes, cervezas y amigas que aplacan la morriña del corazón dividido entre dos mundos, los que se quedaron y los que se quedarán. He aquí el síndrome de las personas viajeras, y aunque Santa Cruz sea abrupta y de clima absurdo, limpia su aura con el Sur infinito. ¿Y qué es Sur me preguntaréis? Sur es un viento frío de renovación y buenos presagios, un punto cardinal menospreciado, un continente construido de sueños y aventura, un salto a lo desconocido, soy yo y tú y todxs, una sonrisa húmeda, hacer el pino, ahogarse en el océano, la madre tierra, un dedo en tu espalda y el último beso. Y el Sur está gritando mi nombre.


sábado, 20 de agosto de 2016

Excursión a Torotoro

Cuevas, formaciones rocosas, paisajes imposibles, fósiles, cañones profundos, dinosaurios, pozas naturales, cascadas, vergel... El Parque Nacional Torotoro, al norte del departamento de Potosí, a pesar de ser el más pequeño del país, te quita el aliento con sus múltiples atracciones. Un fin de semana nos bastó para dejarnos agotados, pero también exultantes y tostaditos por el sol.


Viernes 12/08/2016
Sin saber lo que nos deparaba el finde, salimos los tres (mi amigo Rubén, su amiga María y yo) de Cochabamba en trufi y cinco horas después, hartos de tanto bamboleo por un camino de tierra, llegamos a Torotoro. Noche cerrada, hambrientos y sin cenar, nos aferramos al ofrecimiento de la dueña de un hostal que salía a buscar huéspedes, y aunque miramos un par de alojamientos más para comparar, decidimos quedarnos con el primero, el Hostal Como en Casa, que a parte del nombre, estaba limpio, ofrecía agua caliente y desayuno y tenía un patio precioso. Directos a dormir nos fuimos para amanecer pronto al día siguiente. 

Sábado 13/8/2016
7.30 am. Lo primero antes de desayunar fue darnos un paseo por la Oficina de Guías y Turismo, donde conocimos a dos chicas españolas con las que formamos el grupo de expedicionarios. Sin saber muy bien donde nos estábamos metiendo, aceptamos una excursión a la Cueva de Umajalanta + El Vergel en el mismo día. Como estábamos incomunicados y no demasiado informados, no podíamos saber que esas dos excursiones son las dos grandes que se suelen hacer en días separados. Por si fuera poco, por el camino añadimos una tercera, la ciudad de Itas, que pilla en la misma dirección que Umajalanta. Los cinco, más nuestro guía Carlos y el conductor, empezamos el trayecto aún inocentes del largo camino por recorrer.

Umajalanta
La caverna más grande de Bolivia (según nuestro guía la más grande de Latinoamérica) es la atracción estrella del tour. Recomiendo ropa vieja y manga larga para poder arrastrarse bien por el suelo y entre las rocas. El auto te deja al pie de un camino, desde donde se pasea hasta la entrada a la caverna. Por el sendero se pueden apreciar huellas de dinosaurio, y antes de llegar a la cueva te dan un casco protector. Sin previo aviso la tierra abre sus fauces, parece que la montaña te está engullendo y empiezas a saltar rocas y a trepar, y tienes que encender la luz de tu casco porque la oscuridad te va tragando. Umajalanta es divertidísimo: reptar por las rocas, deslizarse por toboganes naturales, asirse a cuerdas para no resbalar, admirar los peces ciegos endémicos de esta parte de Bolivia, disfrutar del estoicismo y la belleza de estalactitas y estalagmitas, quedarse en completa oscuridad sin necesidad de cerrar los ojos, y mancharse y mojarse, y darse golpes constantes en la cabeza (qué sería de nosotros sin el casco). No sé cuanto estuvimos ahí abajo, una o dos horas, pero esta excursión no apta para claustrofóbicos ni gorditos o con poca movilidad, fue estupenda. Lo triste es la mala conservación del lugar. La protección que le otorga ser Parque Nacional vino tarde, y es insuficiente: hay pinturas y graffitis en el interior de la caverna (muchas hechas con el humo de las velas); también estalactitas y estalagmitas arrancadas y cortadas en un atentado brutal a la memoria histórica del planeta que necesitó miles de años para crecer milímetro a milímetro esas majestuosas columnas.


Ciudad de Itas

De nuevo en el auto, 21 km de subida desde Umajalanta nos dejan embobados con el paisaje de cerros y valles que se abre a nuestros ojos, de pliegues y formaciones geográficas imposibles. El cóndor nos acompaña en su vuelo magnífico de ave nacional. Se tarda casi una hora en llegar hasta la Ciudad de Piedra, pero no conviene perdérsela. Itas es un trekking por las alturas donde maravillarse con el paisaje, trepar rocas, descender cañones y descubrir grutas y cuevas que parecen catedrales, por donde se cuela el sol haciendo brillar sus paredes rojas y ocres. Es un mundo cretácico, un desierto de altura, imaginación, otro mundo; es silencio y aire puro.


El Vergel
Ir con prisas nunca es bueno, y como pretendíamos hacer tres excursiones antes de que se nos fuera el sol, la suerte nos jugó una mala pasada y pinchamos rueda. Nuestro magnífico personal lo solucionó en un momento, y sin parar en el pueblo (no comimos ese día, menos mal que llevábamos agua, galletas y fruta) continuamos camino del Cañón del Valle de Torotoro. Cansados y hambrientos no podíamos imaginar lo que nos esperaba. Yo no he ido al Cañón del Colorado, pero esta debe de ser una de las experiencias más parecidas. El paisaje es abrumador, pero no más que el descenso: escaleras excavadas en la roca de una garganta que te engulle haciendo temblar tus rodillas de dolor. En apenas unos 500 escalones estás en el fondo de ese agujero en la tierra, salvaje y abrupto, pero aún no hemos llegado a nuestro destino. Temiendo por el posterior ascenso, ahora toca zigzaguear el río y seguir subiendo y bajando rocas y escalones, y pozas de agua y verdín, hasta, ¡oh sorpresa!, llegar a lo que se conoce como El Vergel: cascadas que se escurren por las empinadas paredes de un oasis verde musgo, retumbando en las rocas, al pie de pozas cristalinas donde darse un chapuzón. Aunque ya casi no aprieta al calor, no dudamos en tirarnos al agua y trepar descalzos hasta sentir la fuerza del agua en la espalda.


              

Lo malo es que el sol va cayendo, y las paredes del Cañón parecen cada vez más altas. La subida nos cuesta un mundo: nos pesan las tres excursiones del día y los escalones gigantes y empinados. Casi en la cima nos desviamos al Mirador, visita obligada aunque te falten las fuerzas. Llegar allí es fácil una vez has subido los 500 escalones. Una plataforma permite adentrarte en el Cañón desde las alturas y marearte de vértigo ante la grandeza del lugar. Las vistas parecen premio suficiente al esfuerzo titánico. El cielo se torna rojo sangre mientras atajamos campo a través. A lo lejos nos espera el auto. Hemos sobrevivido al día; ahora la despedida de nuestras compañeras de excursión, una cerveza de trago, devorar la cena y una ducha caliente.



Domingo 14/08/2016
Con el nuevo día y la satisfacción de haber terminado las grandes excursiones, nos levantamos con calma, desayunamos y recogemos las cosas.

Cementerio de tortugas
Por nuestra cuenta llegamos caminando al Cementerio de Tortugas, a 3 km del pueblo. Como vamos sin guía contratado, pagamos los 5 bs que cuesta la entrada y el niño que controla el acceso, aburrido por la ausencia de visitantes, nos enseña el lugar. Lo único que merece la pena del sitio son las vistas. De los miles de fósiles de tortugas encontrados, sólo quedan los trocitos que ha dejado la lluvia y las riadas, y dos pétreos cascarones que sobrevivieron tras las vitrinas del pequeño museo, saqueado por los mismos trabajadores. Otro ejemplo más de la fatal conservación del lugar.



Volvemos al pueblo con la intención de visitar las huellas de dinosaurio y el museo, pero llegamos justo para agarrar el bus de la 13:00 (25bs), así con un par de sándwiches para llevar nos vamos igual que venimos, por el bamboleante camino, esta vez en un bus aún más lento que el trufi, pero (al ser de día) con unas vistas espectaculares del paisaje imposible que ofrece Torotoro. 

TIPS Y EXPERIENCIAS DE VIAJE
  • Llegar a Torotoro: dese Cochabamba puedes agarrar un trufi (35bs) o un bus (25bs), y en cuatro horas (cinco mejor dicho), estás en Torotoro. El bus sale a las 18:00 de la tarde (también hay uno en la mañana), y los trufis hay varios a lo largo del día. El nuestro se supone que salía a las 17:00 pero al final salió con una hora de retraso, y llegamos al parque sobre las 23:00, porque a parte de que el camino es todo de tierra, mucha gente se va bajando durante el recorrido; lo bueno que es más rápido que el bus y hace un par de paradas para ir al baño. El bus sale como muy tarde media hora después de las 18:00 (o eso nos dijeron).
  • Alojamiento: puedes encontrar cama en habitación compartida por 20bs. En Torotoro hay casi treinta hospedajes diferentes así que (salvo ocasiones especiales) puedes encontrar donde dormir una vez llegas allí. Nosotros pagamos 45bs/noche/persona por una habitación limpia para los tres, con baño privado, agua caliente y desayuno. 
  • Tour: personalmente creo que hicimos bien en no ir con tour organizado. Es muy fácil construirse el viaje a medida una vez llegas a la Oficina de Guías. Tienes que pagar un ticket de entrada al parque (30bs por persona) con validez de hasta cuatro días para hacer todas las excursiones disponibles. Después ya contratas las excursiones que quieres para el día (Umajalanta + Vergel para cinco personas salía a 76bs por persona, creo recordar. Luego añadimos Itas y transporte al Vergel, lo que incrementó otros 56bs, por si sirve de guía). Lo normal es conocer otros turistas en la misma oficina y juntar grupos para que salga más económico. En un jeep entran seis personas más el conductor y el guía (cuantos más seáis, más se reparten los gastos, sólo hay que encontrar a los locos dispuestos a hacer lo mismo que tú).
  • Telefonía: como pueblo perdido que es, la conexión con el mundo exterior es difícil. Si eres Entel estás a salvo, pero si eres Tigo o cualquier otra compañía, olvídate de utilizar el móvil más que para las fotos. 
  • Clima: calor por el día y frío por la noche. Estás en la montaña a unos 2000 metros de altitud. Llévate un abrigo para las noches y ropa fresca para el día. No olvides el protector solar. En esta época del año llegábamos a los 30 grados por el día y los 7 por la noche. 
  • Recomendaciones varias
    • no llevar cámara reflex a la cueva de Umajalanta (y cuidado con los móviles) porque el suelo resbala y las rocas y el ejercicio no son aptos para ir cargando con semejante mamotreto.
    • Llevar almuerzo y agua. Puedes hacer picnic por el camino, o simplemente comer para no desfallecer, pero algunos snakcs y un buen bocadillo serán bienvenidos, además que sólo vimos una tiendita en la bajada al Vergel, así que mejor llevar las cosas compradas desde el pueblo.
    • Llevar bañador para remojarte en las pozas de agua y protector solar.
  • Vuelta a Cochabamba: había un bus que salía a la 13:00 y un trufi a las 16:00 del domingo (seguro que después había más). Lo bonito es admirar el paisaje de día. 




martes, 9 de agosto de 2016

Ichapequene Piesta de San Ignacio de Moxos

Bienvenidas y bienvenidos a la locura de mezclar irreverencia y tradición, religión y leyenda, jesuitas e indígenas, al compás de la música barroca y al paso reverberante de 30 danzas con tambor y cascabel. No hay hay nada que pueda prepararte para la celebración de este pequeño pueblecito, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, así que abre los ojos y déjate sorprender.



Sábado 30 de Julio
Machetero
Nueve horas de viaje en flota (en autobús "leiton", es decir cama) y aún no hemos llegado a nuestro destino. La ciudad de Trinidad, capital del Departamento de Beni, nos da los buenos días, y empieza la lucha por conseguir el transporte más barato que nos lleve a San Ignacio. Por ser fiestas el precio se duplica, y al final nos montamos en un trufi por 80 bs. (unos 10 euros) que nos estaba esperando para completar aforo. Tres horas por un camino de tierra con ventanillas abiertas adentrándonos en la pampa amazónica, cruzar en barca el río Mamoré, y cientos de aves exóticas después, llegamos a San Ignacio de Moxos.

Es medio día y el calor ahoga. Nos cubrimos con nuestros sombreros cowboy de turista. Vamos a la plaza donde la Iglesia  nos recibe fresca a punto de empezar con el programa. Los Macheteros saltan a escena a las puertas del templo. Son el orgullo del lugar y la insignia del pueblo, con sus tocados de plumas de colores, sus machetes en la mano derecha, y los cascabeles de semillas en los pies marcando el paso y acompasando el corazón de los presentes. No sé desde cuándo, pero me sorprendió gratamente que las mujeres también están incluidas en la danza portando orgullosas sus machetes. Después de un rico almuerzo en La Pascana del Gordo, la fiesta continúa y el desfile comienza. El pueblo sale a las calles vestido de gala: a los Macheteros se les suman otras veintimuchas danzas con sus trajes típicos, derrochando folclore:

Achus
  • El Tintiririnti es el jinete que anuncia la fiesta a lomos de su corcel. 
  • Los Achus, "hombres viejos" en ignaciano, lo bailan hombres vestidos de saco (traje) y máscara de madera, con bastón en una mano y muñeca de trapo en la otra. El sombrero es una pieza fundamental, lleno de ceniza y sorpresas.
  • Seguidos por grupos numerosos de bailarines como los Tigrecillos, los Toritos, los Angelitos, las Panderetas, los Batos, las Moperitas y las Abadesas.

Pero lo mejor viene cuando cae la noche. Tras ver la puesta de sol en la visita obligada a la Laguna Isireri y sacudirnos el polvo del camino, volvemos a la plaza, ahora llena de gente. Los bailarines respiran exhaustos, las cervezas pesan, hay algodón dulce y guisos de pescado, globos y fuegos artificiales; pero todos estamos a la espera. Se respira cierta ansia, y expectantes nos arremolinamos a las puertas de la Iglesia, impacientes pecadores.  Y entre las cabezas de la muchedumbre, ¡por fìn! estalla la chispa del chasquero, y una llamarada amenaza con hacernos arder. Gritos y humo. Sale un achu corriendo hacia nosotras, con el sombrero ardiendo. Huimos aterrorizadas, y hacen falta varios achus más para comprender que aunque quema no arde y que es parte del folclore.Y así pasan las horas entre tragos risas y fuego.

Iglesia de Sa Ignacio


Domingo 31 de Julio
El pueblo se levanta temprano para la gran misa. Son las 9:00 am y la Iglesia está a rebosar, continuando con la tradición jesuítica de los discípulos de San Ignacio de Loyola, y arrepentidos todos de tanto exceso. Pero a nosotras nos mueve más el aperitivo musical que el Coro y la Orquesta de San Ignacio de Moxos ofrece, amenizando la misa y dotando de arte el momento, para aquellos que tiempo atrás dejamos de creer en el dogma divino. Para seguir empapándonos de cultura un paseo por el Museo de San Ignacio nos enseña la gran biodiversidad del lugar, además de la historia única de hermandad entre jesuitas e indígenas que perdura hasta nuestros días. Un vistazo a las artesanías de la plaza puede tentar a más de un turista a hacerse con las pulseras de cascabeles para los pies, o el famoso tipoi de colores que visten las mujeres.

Tarde de jocheo
La tarde es de jocheo. En una plaza de toros improvisada a punto de desmoronarse, con el sol implacable de sombrero, la gente se encarama y enreda en el cercado, y toros con jiba gigantes saltan al ruedo. Los señores y jovencitos que se atreven a salir a su paso e incluso encaramarse a su lomo (las mujeres no han sentido esa necesidad de exponerse) están ebrios de varios días de feria, y si no fuera así, ya se encargan los vendedores ambulantes que pululan por la plaza de hincharles a cerveza en un ataque flagrante al sentido común. Varios heridos después y cansadas de las atronadoras rockolas, la Escuela de Música nos acoge para el concierto final del Ensamble Moxos. A la luz de un candelabro la magia de las voces y los instrumentos antiguos sobrecoge y asusta, y te transporta a la profundidad de la selva, a tiempos inmemoriales de indígenas y conquistadores, de naturaleza y sangre. Y así, bautizadas de música barroca y con el alma atragantada en el pecho, decimos adiós a este lugar perdido de tradiciones vivas.

Ensamble Moxos

Tips de viaje:


Moperita
  1.  En Trinidad puede salir más a cuenta coger el taxi/trufi a San Ignacio de Moxos en el Mercado Campesino (más barato que en la terminal de autobuses). Aún así, para las fiestas, no faltan taxistas ni flotas que te llevan al lugar. 
  2. Dormir en La Pascana de Pablito, regentada por los creadores de La Escuela de Música, y bajo el lema de "Aqui mando yo, Pablito" el hijo pequeño de la familia. Es un lugar encantador, con sus hamacas en el patio y su desayuno en familia.
  3. Atardecer en La Laguna Isireri. No os perdáis la maravilla de la laguna, donde darse un chapuzón y avistar los cientos de aves que habitan el lugar. Mejor al atardecer, para ver el sol poniéndose sobre el agua. El camino es de tierra y si vas andando puedes acabar con arena hasta en las pestañas, pero merece la pena. La otra opción es ir en moto-taxi, que creo yo que acabarás igual de sucio.
  4. Escuchar o comprar un disco del Ensamble Moxos y hacerte fan en su página de Facebook, cada dos años se van de gira por Europa asi que aquí o allí están disponibles. 
  5. Contratar un taxi privado (es decir no compartirlo con extraños) para al salir o entrar del pueblo ir parando por el camino a hacer fotos de las aves y al exuberante paisaje. 
  6. No voléis con Aerolíneas TAM. A la vuelta reservamos pasaje Trinidad-Cochabamba-Santa Cruz, y nos retrasaron el segundo vuelo mas de tres horas (eufemismo de decir hemos cancelado su vuelo porque no había pasajeros suficientes), por lo que no pudimos llegar a la oficina como prometimos

  7. Laguna Isireri

    Abadesas

domingo, 7 de agosto de 2016

Descanso en las alturas

Nos despierta el retumbar del trueno en la mañana, pero más allá del susto caemos de nuevo en el sueño arrullados por la cadencia de la lluvia sobre el tejado. No hay prisa en Samaipata. Aquí la vida transcurre despacio y la sangre espesa, quizá por las bajas presiones, o el frescor de la montaña, o el humo de la noche, o la energía que fluye a raudales en este lugar de leyendas. 

Somos cuatro en una habitación de hostal de cuyo nombre no me acuerdo. Aunque se hace tarde, ninguno queremos romper el silencio letárgico del agua escurriéndose por el patio. La noche de ayer nos pesa en los párpados perezosos de cielos plagados de estrellas, paseos por la plaza, vino, acento brasilero, y aroma a hierba a humo.

Un amigo me explica que "Samaipata" viene del quechua y significa "descanso en las alturas", y no se me ocurre nombre mejor para este lugar místico de confluencia de paralelos y meridianos, de historia prehispánica ruinas religión y rituales. Una puerta al mundo intraterrenal para los amantes de lo desconocido, un rescoldo de paz y renovación para los hippies de espíritu, o un paisaje abrumador para el aventurero insaciable; Samaipata lo tiene todo para gustar al turista, hasta el punto que son muchos los que se quedan.

El Fuerte
Quizá lo más representativo del lugar es "El Fuerte", complejo ceremonial y administrativo del periodo prehispánico, situado en plena cordillera. Dominando desde las alturas esa cima de piedra tallada con representaciones de animales, como el sagrado jaguar y la serpiente; lugar de asentamiento de mojocoyas, chiriguanos, incas y españoles, en orden cronológico; Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1998; bello y misterioso, fuente de múltiples interrogantes aún son resolver. 

Pero no acaba aquí la visita: a parte de brujulear entre la rica artesanía que la comunidad hippie ha traído al pueblo, o deleitarse con un vino 1750 y una sabrosa comida vegetariana, a nosotros nos queda pendiente visitar el bosque de Helechos Gigantes, la Patjcha (salto de agua), el Nido del Cóndor, la Laguna Volcán, los rituales de ayahuasca... Espacios que parecen sacados de un cuento, cerca de Santa Cruz, pero tan lejos y tan distantes.

Según descendemos el camino se nos escapa el brillo. El paisaje es abrupto y salvaje, y las lluvias traen consigo desprendimientos. Hay rocas gigantes complicando el camino, aguas bravas, barro, y el tráfico absurdo de los autos huyendo a la ciudad. Quisiera parar y congelar la imagen: los valles y las montañas, la selva insondable, la niebla que nos traga, el misterio de este lugar preñado de historias; y por un momento sólo estoy yo y la lluvia, yo y el olor a tierra, yo y el barro y el río y el bosque y la niebla. Silencio. La Pachamama me llama, seguro que volveremos.