Nos despierta el retumbar del trueno en la mañana, pero más allá del susto caemos de nuevo en el sueño arrullados por la cadencia de la lluvia sobre el tejado. No hay prisa en Samaipata. Aquí la vida transcurre despacio y la sangre espesa, quizá por las bajas presiones, o el frescor de la montaña, o el humo de la noche, o la energía que fluye a raudales en este lugar de leyendas.
Somos cuatro en una habitación de hostal de cuyo nombre no me acuerdo. Aunque se hace tarde, ninguno queremos romper el silencio letárgico del agua escurriéndose por el patio. La noche de ayer nos pesa en los párpados perezosos de cielos plagados de estrellas, paseos por la plaza, vino, acento brasilero, y aroma a hierba a humo.
Un amigo me explica que "Samaipata" viene del quechua y significa "descanso en las alturas", y no se me ocurre nombre mejor para este lugar místico de confluencia de paralelos y meridianos, de historia prehispánica ruinas religión y rituales. Una puerta al mundo intraterrenal para los amantes de lo desconocido, un rescoldo de paz y renovación para los hippies de espíritu, o un paisaje abrumador para el aventurero insaciable; Samaipata lo tiene todo para gustar al turista, hasta el punto que son muchos los que se quedan.
| El Fuerte |
Pero no acaba aquí la visita: a parte de brujulear entre la rica artesanía que la comunidad hippie ha traído al pueblo, o deleitarse con un vino 1750 y una sabrosa comida vegetariana, a nosotros nos queda pendiente visitar el bosque de Helechos Gigantes, la Patjcha (salto de agua), el Nido del Cóndor, la Laguna Volcán, los rituales de ayahuasca... Espacios que parecen sacados de un cuento, cerca de Santa Cruz, pero tan lejos y tan distantes.
Según descendemos el camino se nos escapa el brillo. El paisaje es abrupto y salvaje, y las lluvias traen consigo desprendimientos. Hay rocas gigantes complicando el camino, aguas bravas, barro, y el tráfico absurdo de los autos huyendo a la ciudad. Quisiera parar y congelar la imagen: los valles y las montañas, la selva insondable, la niebla que nos traga, el misterio de este lugar preñado de historias; y por un momento sólo estoy yo y la lluvia, yo y el olor a tierra, yo y el barro y el río y el bosque y la niebla. Silencio. La Pachamama me llama, seguro que volveremos.

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