Santa Cruz de la Sierra

Santa Cruz de la Sierra

domingo, 19 de junio de 2016

El alma de la ciudad

"Santa Cruz tiene sólo dos estaciones", cuenta doña Carmen, "el verano y la del tren". Este inocente chascarrillo asusta más que te hace reír porque rozando los 30 grados en invierno, parece ser que esto no es más que los coletazos del "surazo" (viento frío proveniente del Pacífico) que vino la semana pasada, y que el calor calor aún no me lo puedo ni imaginar.

A parte de eso, cómo describir la ciudad sin mencionar que es sucia, muy sucia. En las calles del centro hay mucho tráfico, los coches son viejos y destartalados, los "micros" pasan cada segundo y los taxis tocan sus bocinas en una nube tóxica de auto viejo y contaminante. Las aceras son propiedad privada por lo que a trocitos encuentras suelos embaldosados y barridos, y dos pasos más adelante una bolsa de basura de hace dos meses y boquetes donde dejarse los pies. Los hombres (nótese el masculino) hacen sus necesidades en la calle, en plena acera, a la luz del día, con personas andando a su lado. La suciedad se entremezcla con la asfixia de vivir en una cajita de zapatos donde todas las calles están planificadas, rectilíneas, paralelas perfectas, con edificios iguales y calles kilométricas que crecen de cuadra en cuadra, exprimidas en el primer anillo, limbo a partir del cual no puedo opinar porque mi vida se centra en este recoveco circular. La ausencia de semáforos (los pocos que hay no se respetan) y de pasos de peatones hace que cruzar las calles en un tráfico constante sea cuestión de salvajes: al mínimo hueco hay que lanzarse kamikaze hacia la otra acera, mejor sin mirar al microbus que está acelerando hacia ti; o intentar adivinar el rumbo de los vehículos a tu alrededor para aprovechar ese lenguaje no verbal que fluye entre los cruceños al volante para cederse el paso en orden incierto.

Pero ya está bien de tanta negatividad. Es cierto que la primera impresión fue de "¡Dios mío! ¿Qué hago aquí?". Las calles me dieron inseguridad, la suciedad se me metía por las fosas nasales, la ducha sólo vertía agua helada, la humedad de la pared me amenazaba por las noches, y la búsqueda de piso me desesperaba con sus precios europeos. Pero si miramos el vaso medio lleno, no he tenido un momento para estar sola. De repente me ví rodeada de personas que se ponía en marcha para buscarme alojamiento: me presentaban amigas con espacio en sus casas, me acompañaban a ver pisos, me recomendaban zonas y preguntaban a sus conocidos. En este ir y venir por la ciudad, descubrí el calor de la Plaza Principal. En pleno corazón de Santa Cruz, la plaza es los pulmones y el alma; un oasis verde y libre de tráfico; siempre animada; amplia y sagrada, donde cruceños y turistas de cualquier condición se reúnen a todas horas, bajo la sombra de la catedral.



Así, poco a poco, he ido encontrando rincones de paz donde escapar del bullicio de tanta novedad; ya sea la plaza, que me recuerda a las tardes de sol, terraza y cervezas en España, o la planta 12 de mi nuevo hogar, desde donde domino la ciudad en la distancia. Casi sin darme cuenta voy construyendo mis espacios y abriendo hueco en los llanos de Bolivia.


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